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Los Doce Apóstoles
Doce hombres elegidos por Jesús para seguirle, uno de ellos habría de ser quien lo entregara al sacrificio.
La Última Cena la víspera de la crucifixión. En ella se instituyó la Eucaristía.
Los Apóstoles fueron elegidos uno a uno por Jesús para cumplir su misión. Incluso Judas que le entregó cumplió su papel. Los apóstoles eran todos gente sencilla. Pedro, el llamado a ser cabeza de la Iglesia, era pescador en el mar de Galilea. Ellos fueron el apoyo terrenal de nuestro Señor en su Magisterio y ellos serían los cimientos vivos de la Iglesia surgida tras la resurrección de Cristo. En Pentecostés Cristo les envió el Espíritu Santo a ellos y a Santa María. A partir de ese momento comenzó el apostolado de los testigos vivos que rápidamente se fue extendiendo primero por todo Israel y después por todo el mundo, llevando su testimonio de Fe a todos los hombres sin importar su raza o condición.
Entre los Apóstoles destacan dos figuras grandiosas: Pedro y Pablo.
Pedro es la Piedra de la Iglesia, el hombre designado por Jesús para liderarla sosteniéndola en sus más difíciles momentos. El apóstol que negó tres veces a Jesús demostró después una firmeza y valentía pétreas. Pedro es la piedra angular de la Iglesia de los hombres.
Pablo es el verdadero carisma evangélico de la Iglesia. Es irónico que fuera precisamente él, que fue el más violento perseguidor de la Iglesia, el llamado a ser el apóstol evangelizador de los gentiles, aquel que abrió la Iglesia a todos los hombres del mundo. Pablo es la fuerza de la Fe del momento, del instante, el tiempo presente bañado por Cristo que está presente siempre y en todo momento. Pablo es la fuerza de la Fe inquebrantable que aún en su peor momento, cuando escribe la descorazonadora segunda carta a Timoteo, cuando el fin está ya próximo, se manifiesta en medio del dolor como el único reducto libre de él mismo.
Los Apóstoles, obra viva y primera de nuestra Iglesia son los testigos de la institución por Cristo de la Eucaristía y son ellos los que continúan su tradición conforme al mandato de Cristo en la Última Cena. Esa tradición eucarística transmitida por los Apóstoles y que celebramos cada domingo en la iglesia es el testimonio vivo de la presencia de Cristo entre nosotros al convertir el pan y el vino en carne y sangre.
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¿Cómo se transmitieron los evangelios?
Por: Vicente Balaguer
Es sabido que no poseemos el manuscrito original de los evangelios, como tampoco el de ningún libro de la antigüedad. Los escritos se transmitían mediante copias manuscritas en papiro y después en pergamino. Los evangelios y los primeros escritos cristianos no son ajemos a este tipo de transmisión. El Nuevo Testamento deja ya percibir que algunas cartas de San Pablo se han copiado y se trasmiten en un cuerpo de escritos (2 Pe 3,15-16), y lo mismo ocurre con los evangelios: las expresiones de San Justino, San Ireneo, Orígenes etc., anotadas en la pregunta anterior (¿Quiénes fueron los evangelistas?)dan a entender que los evangelios canónicos se copiaron enseguida y se transmitieron juntos.
El material utilizado en los primeros siglos de la era cristiana fue el papiro y a partir del siglo III se empezó a usar el pergamino, más resistente y duradero. Sólo desde el siglo XIV se comenzó a utilizar el papel. Los manuscritos que conservamos de los evangelios, con un estudio atento de lo que se denomina crítica textual, nos muestran que, frente a la mayoría de obras de la antigüedad, la fiabilidad que podemos darle al texto que tenemos es muy grande. En primer lugar, por la cantidad de manuscritos. De la Iliada, por ejemplo, tenemos menos de 700 manuscritos, pero de otras obras, como los Anales de Tácito, sólo tenemos unos pocos —y de sus primeros seis libros sólo uno—. En cambio, del Nuevo Testamento tenemos unos 5.400 manuscritos griegos, sin contar las versiones antiguas a otros idiomas y las citas del texto en las obras de los escritores antiguos. Además, está la cuestión de la distancia entre la fecha de composición del libro y la datación del manuscrito más antiguo. En tanto que para muchísimas obras clásicas de la antigüedad es casi de diez siglos, el manuscrito más antiguo del Nuevo Testamento (el Papiro de Rylands) es treinta o cuarenta años posterior al momento de composición del evangelio de San Juan; del siglo III tenemos papiros (los Papiros de Bodmer y Chester Beatty) que muestran que los evangelios canónicos ya coleccionados se transmitían en códices; y desde el siglo IV los testimonios son casi interminables.
Obviamente, al comparar la multitud de manuscritos, se descubren errores, malas lecturas, etc. La crítica textual de los evangelios —y de los manuscritos antiguos— examina las variantes que son significativas, intentando descubrir su origen —a veces, un copista intenta armonizar el texto de un evangelio con el de otro, otro intenta explicar lo que le parece una expresión incoherente, etc.— y buscando de esa manera establecer cuál pudo ser el texto original. Los especialistas coinciden en afirmar que los evangelios son los textos que mejor conocemos de la antigüedad. Se basan para ello en la evidencia de lo dicho en el párrafo anterior y también en el hecho de que la comunidad que transmite los textos es una comunidad crítica, unas personas que implican su vida en lo afirmado en los textos y que, obviamente, no comprometerían su vida en unas ideas creadas para la ocasión.
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